Irse

Encerrado en una cárcel de carne y hueso (como si fuera el primer estúpido en pensar esa metáfora), pienso en el olor putrefacto que surje de mi interior. Es una época nefasta en la cual dos bandos, o tal vez más, discuten con todo el odio de sus vísceras para ver quién es el mayor de los ignorantes. Muchas veces me convencen. No es que yo sea mucho mejor, no se crean. Soy el patético deprimido que mira el cuadro tratando de entenderlo. Soy el idiota que filma el rescate del pibe que se está ahogando, no soy el cojonudo que se lanza a salvarlo. No, sin duda no soy mejor que nadie.
La liviandad con la que se tiran directas e indirectas, la pesadez del insulto a ideas que caen por su nula calidad de tales, la estupidez de chistes sin gracia, de comentarios aburridos y obvios. Contenido ausente.

¿Dónde está mi voz?

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