El miserable

Antes pasaba más tiempo despierto. Me levantaba a eso de las seis, me ponía el Ombú azul, ordenaba un poco y salía a tomar el colectivo. Si habían sobrado bizcochitos los llevaba para convidar en el taller.
Al entrar ya estaban todos pasándose el mate, opinando sobre el árbitro, sobre un gol de cabeza y cosas así. El Ropero y un par más hablaban de organizarse, pero nadie les daba mucha bola.

Cuando se hacían las ocho, El Jefe bajaba de su oficina pidiendo un lavado y nos pasaba el laburo del día. Sabíamos que después de una ronda más, teníamos que ir a los tornos.
Cerca del mediodía nos turnábamos para ir a comprar el fiambre y un poco de pan, a mí me tocaban los miércoles. Iba a lo de El Palomo y sonreía al verlo con el guardapolvo blanco que usaba para atender. Los muchachos eran buenos para los apodos. Comíamos todos juntos, retomando los temas de fútbol de los cuales yo nunca opinaba, pero disfrutaba escuchando las cargadas.

Por la tarde había un poco más de alegría en el taller. El frío bajaba, las chapas del techo se habían tragado todo el sol de la mañana y dejaba de ser una heladera. A eso de las cuatro, El Jefe se daba una vuelta por los tornos revisando el avance de nuestro trabajo.
Cuando llegaba a casa me hacía una siesta. Al principio me costaba dormirme, cerraba los ojos y se me venían imágenes milimétricas de las piezas que había hecho en el día. Me despertaba a la hora de la cena, escuchaba un poco de radio y comía.
Después de levantar la mesa, me servía un vaso de vino y ponía un buen disco de jazz. Me sentaba en un sillón roto que había heredado de José y agarraba el libro de turno.

Abría el libro y poco a poco iba devorando las manchas, mientras empezaba a desvanecerse todo. Las paredes se transformaban en un bosque, el techo, en un cielo negro. La música de fondo sonaba cada vez más baja. Las trompetas se diluían en el ruido de los pájaros, la guitarra en un río tranquilo.
Entonces yo dejaba de existir, era un desconocido. Las cosas perdían realidad, y el dolor también.
Cuando me empezaban a arder los ojos y el vino se terminaba, cerraba el libro y perdía el control. Me costaba respirar, no podía tragar saliva. Siempre luchaba por volver a ser, pero me ganaba la angustia. Tenía que explotar para volver al eje, sacar todo afuera.

No se puede andar por ahí, entre los muertos, mostrando lo que uno es.

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