Picadito

Sigo en el micro, faltan tres horas para llegar a Salta y no tengo más un trabajo. Tengo ganas de fumar, no puedo dormir y me estoy cagando. Para colmo, un par de pendejos empiezan a jugar a la pelota con un bollo de papel en el pasillo.

Deciden que mi asiento sea uno de los palos del arco. Aunque me molesta, no les pongo cara de culo. ¿Qué habrá sido de la vida de Juan Carlos? La puta madre, demasiados años.

No sabíamos lo que era sufrir. Nuestros viejos no llegaban a fin de mes pero en esos tiempos, hubiese un sándwich de mortadela o un buen bife de cena, daba lo mismo.
Salíamos del colegio, con el guardapolvo sucio, jugando una carrera hasta la casa de Juan Carlos. Siempre me ganaba. Una vez que llegábamos, nos despedíamos y caminaba hasta mi casa. Después de bancarme la bronca de mi vieja por el guardapolvo, comía algo rápido y me cambiaba para esperarlo.
Un par de horas después, escuchaba el aplauso, acompañando el grito ¡Huugoo! Me asomaba a la ventana, haciéndome el sorprendido y le avisaba que ya salía. Le pedía permiso a mi vieja para ir a jugar. Ella hacía su teatro, poniendo una cara de reto resignado, pero nunca me decía que no.

Salía con las topper y el pantalón de fútbol negro y gastado, que había sido de José. Ahí estaban los pibes del barrio y su líder, mi amigo, Juan Carlos. Brillaba entre los demás, el muy hijo de puta. Siempre unía todo, hasta que pasó lo de El Ropero. Pero para eso falta.

Después pasábamos al resto y dejábamos para lo último a “Citroen”. Le decíamos así porque, en la cancha, no tenía nada de pique pero tampoco se calentaba, igual que el auto de su viejo.

A Citroen lo usábamos porque era el acomodado del barrio. Tenía esa Telstar de cuero que era un sueño, por ella terminábamos corriendo todos atrás de la pelota durante los partidos: queríamos tener el honor de sentirla en nuestros empeines aunque sea un rato. Había que andar bien con Citroen, en su poder estaba la felicidad de la tarde, y bien que lo sabía. A veces nos hacía esperar en la puerta una hora entera, mientras él vaya uno a saber cuántas galletitas se morfaba.
Pero valía la pena. Cuando salía con esa bocha en la mano nadie lo miraba a la cara, nadie se calentaba por la espera.

Hacíamos un par de cuadras hasta una calle tranquila y agarrábamos cascotes para hacer los arcos. Se armaban los equipos, por un lado Juan Carlos y por el otro, Citroen. Hacían pan y queso, mientras los demás rezábamos para ser elegidos por el líder.

Antes de empezar, siempre acordábamos jugar por la Coca. Nadie tenía un mango para comprarla al final, pero era para meterle emoción al partido. Cómo si hubiese hecho falta. Ya de por sí eran a matar o morir. A menos que alguien tuviese una fractura expuesta, nunca era ful. “Bancátela, no seas maricón”, y se seguía. Duraba hasta que se hacía tan de noche que no se veía la pelota.

Citroen aclaraba, unas doscientas veces por partido, que el que colgaba, pinchaba o perdía la pelota, la garpaba. Y siempre se escuchaban los mismos gritos: “¡No baja nadie, che!”; “¡No se la pasés que es un morfón!”; “¡Vení acá que hago el gol!”

¡Uy! Perdón señor, le pegué mal.

De vuelta en el micro, uno de los pibes me da en la cara, con el bollo de papel, cuando patea un penal. Me mira asustado, esperando mi puteada. Sin embargo, yo le sonrío, encontrando en su mirada a Juan Carlos, a Citroen, a la Telstar, y al cielo, que nos regalaba, durante el MEJOR de los partidos, una lluvia hermosa y fría…

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