Bramante, el duro

De vez en cuando, en vez de armar los picaditos en la calle, conseguíamos jugar en la cancha de la parroquia. Una de cemento, con arcos reales de hierro, líneas pintadas en el piso, y hasta tenía unas gradas para que los pataduras alienten desde atrás. Ahí fue que conocí al tano Bramante.
El Tano sabía de medicina y atendía gratis a la gente del barrio. A veces se ponía un poco pesado con su cristo crucificado, pero cuando nos prestaba la canchita, me gustaba quedarme dando vueltas por la parroquia para ver si me lo cruzaba. Sabía que siempre iba a dedicarme, como a todos, unos minutos para contarme alguna de sus historias.
Había nacido en Nápoles. Cuando se metió en el seminario le asignaron como mentor a un obispo que profesaba la obediencia por sobre todas las cosas. Una de sus tareas diarias, además de los estudios, era barrer las escaleras de cinco pisos. Contó el tano que una vez se cruzó al obispo, mientras subía para empezar a barrer.

– ¿Para dónde va Bramante?, le dijo el obispo.
– Al quinto para empezar a barrer, padre.
– ¿Y eso cómo, hijo mío? ¿Dónde estaría el sacrificio si así fuera? De abajo hacia arriba, hijo mío, siempre de abajo hacia arriba.

Era duro el tano, era bicho con los de arriba. Le buscaba la vuelta para salirse con la suya y manejaba la parroquia como a él le parecía mejor.
Por el tano fue que me enteré que existía Laos. Cuando se ordenó como párroco, lo mandaron a misionar allá porque sabía hablar algo de francés. Había terminado hacía un año la segunda guerra mundial cuando viajó, y Laos estaba ocupado por el Japón. Bramante estaba fresco y con ganas de ayudar. Ni bien llegó al pueblo que le asignaron, lo atajó otro cura que ya llevaba varios años ahí.

– ¿Qué llevás en los pies? – le preguntó a Bramante.
– Zapatos.

El cura de Laos le pidió que se los entregase. Él se los dio y fueron a parar a la basura sin ninguna explicación.
Pero igual el tano entendió. Durante meses, luego de recorrer los campos ayudando a la gente del lugar y asistiendo a los médicos en la iglesia, sus pies sangraron. El universo fue generoso con él en esa época, contaba que se clavó todo lo afilado que caía al piso, pero nunca se enfermó. En sus pies habían florecido callos para reemplazar el calzado, así como al jefe de la tornería se le habían adaptado las manos para no usar guantes.

Las historias dramáticas de Laos no se terminaban nunca: el hambre, las enfermedades, la desesperanza. Pero las contaba con algo de luz, nunca supe de dónde la sacaba.
Estuvo cinco años en el pueblo, hasta que los yanquis decidieron interesarse por el país. En ese momento lo mandaron llamar para que vuelva a Italia, pero no conseguía ningún medio para viajar. Tampoco sabía inglés para comunicarse con los nuevos ocupantes.

Entonces, se puso a aprender por su cuenta. Le pidió prestada una biblia a un soldado con el que había hecho buenas migas y en tres meses logró entenderlo. Nunca le pregunté cómo terminó en Argentina, pero sé que fue un castigo por alguna de sus desobediencias.

Una de las veces que nos prestó la canchita, me lo crucé mientras andaba con unas cajas con comida que le habían donado, el tano sabía sacarle plata a las piedras. Me pidió si lo podía ayudar a guardarlas. Le di una mano y cuando terminamos, me preguntó si me gustaba leer. Sin esperar una respuesta, me regaló el primer libro que me hizo llorar.

Leete esto Huguito,  y después me contás.

Era Los Miserables, de un tal Victor Hugo, un franchute duro, como el tano.

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