Bichos de taller

El Ropero me enseñó a usar el torno, la escoba, a cebar mate, a escuchar. Con sus pocas palabras y sus movimientos torpes, fue el tipo que me enseñó a ser un hombre. Pero no fue el único notable que conocí en el taller.

El Colorado: un cabrón igual que todos los de su especie. Si se había levantado cruzado, te puteaba por decirle buen día. Y no recuerdo un solo día que no me haya puteado.

Llegando el mediodía compartíamos unos mates y ahí mejoraba un poco su humor. Pero eso sí, cara de culo de por medio o no, el tipo siempre te daba una mano, ni hacía falta que se lo pidieses. Si veía que estabas haciendo algo mal, se acercaba, te escupía un “correte”, y te mostraba cómo hacerlo bien. Cuando suponía que le habías entendido, se daba media vuelta y se las tomaba. Tal vez sí existan los ángeles, gente que cumple la función divina de ayudarnos. La muletilla del mío era:

¿Vos sos pelotudo, pibe?

El jefe era un viejo con mucha experiencia, tenía las manos rotas de tanto laburar, sus dedos eran como morcillas después de 15 días al sol. Tenía una oficina encima del taller, con un gran ventanal que le permitía controlar todo desde arriba. No hablaba mucho, excepto que tuviese que indicar algo de trabajo. Llegaba primero pero siempre se iba a las siete con nosotros, no sin antes asegurarse que todo hubiese quedado ordenado. Se reía de los chistes, pero por lo bajo, para no darnos demasiada rienda.

Labruna… en todos lados siempre uno se gana un enemigo sin saber bien por qué. Supongo que así como existen ángeles existen némesis para cada uno de nosotros. Al mío le decían “Labruna” y me había tomado de punto. Intentaba hacerme la vida imposible, pero yo había elegido hacerme el boludo, por consejo de El Ropero.

El taller era grande, había cerca de doce tornos desparramados por el galpón y un par de mesas de hierro en donde reposaban las morsas y las herramientas. En una de las paredes teníamos unos armarios grises en donde guardábamos las piezas terminadas y el material en bruto. Siempre había mucha luz gracias a las lámparas mezcladoras que colgaban del techo. El jefe llegaba temprano para prenderlas, tardaban varios minutos en hacerlo.

Cada torno tenía delimitado el marco de acción con unas líneas amarillas en el piso. Por otra parte, las distintas secciones del taller estaban marcadas por alambrados, eran paredes invisibles que nos distinguían. Los de la sección 3 no teníamos nada que hablar con los de la sección 5.

Un día estábamos tomando mate con los muchachos y Labruna empezó a molestarme. Ese día me había levantado cruzado y no me la banqué, así que lo mandé a cagar.

¿Qué te pasa forrito? ¿Vamos afuera?

Cuando me contestó salté de mi banco y me puse en guardia, Labruna hizo lo mismo. Su sonrisa dejaba en evidencia lo mucho que había esperado ese momento. Tuve mala suerte cuando me paré, sin querer tiré una botella de vidrio y se rompió contra el piso.
El Ropero tenía justo el mate en la mano y se sorprendió de que yo haya saltado. Se paró, y con el tamaño de su espalda nos hizo sentir dos enanos de jardín. Me puso una mano en el hombro y me dijo, mirando hacia la oficina del jefe:

Hugo, andá a buscar la escoba así barremos los vidrios.

Cuando me di vuelta, vi al jefe asomado al ventanal observando toda la escena, siguiéndome con la mirada. Si el Ropero no hubiese intervenido, ese día me hubiese quedado sin trabajo.
Cuando volví con la escoba Labruna ya no estaba, solo el Colorado, que mientras me ayudaba a limpiar, me dijo:

¿Vos sos pelotudo, pibe?

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