El zupay

Se venía tambaleando adelante mío, por una calle demasiado larga. Calle… el limitado bicho de ciudad. En verdad era un camino de tierra, en medio de una montaña rodeada de árboles que lloraban sobre él. Tierra roja de la que se te mete por los poros y te ensucia la sangre. Iba adelante mío, no muy cerca, caminando despacio. Solo podía verle la sombra, ladeándose. Tenía algo en su mano izquierda y algo bajo el sobaco. Y un sombrero de vaquero. No podía imaginarme porqué usaba algo así. Medía un metro y medio. Y cincuenta y cinco como mucho. ¿Sería eso? Como yo, que llevaba puesta la capucha de mi buzo, para sentirme un poco más poronga.
Apuro mis pasos para llegar rápido a la cama, hace mucho frío. El baqueano los oye y voltea muy asustado, perdiendo el equilibrio. De pedo no se cayó redondo al piso. Vio una casa al costado del camino, la única en quinientos metros, y se apoyó contra la pared para dejarme pasar. Justo cuando estaba a su lado, me gritó.

¡Juira diablo malo! ¡juira de acá!

Me frené y lo miré mientras se persignaba. En el mismo día que me llamen dios y diablo. ¿Cómo seguir caminando y desperdiciar eso?
Mientras me acercaba a él me daba cuenta que en ambas manos llevaba botellas de vinos. Una cerrada y la otra a punto de terminarla.

¡Vete Zupay! ¡Vete! acá no te llamó nadie.

Me reconoció como el que representa la desdicha y el sufrimiento. Me hizo sentir que nos conocíamos de toda la vida. Se me ocurrió que una botella de vino podía ayudarme a dormir mejor esa noche.

Tengo sed y vos tenés vino. Tu vida por esa botella cerrada que tenés ahí, le dije, poniendo una voz de diablo de dos pesos, con moneditas.

Me dio su botella. Para un borracho no hay sacrificio más grande, conocí a varios. Comenzó a llorar. Me di vuelta y seguí caminando, pensando en cómo carajos iba a destapar la botella cuando llegase a la posada. Y esa sombra que no debería estar ahí, ese susurro a mis espaldas, ese vientito de algo que te pasa cerca. No había hecho ni diez metros cuando escuché el ruido de la botella a casi acabar rompiéndose contra el piso y vi como caía el cuerpo de aquel baqueano. No me sorprendí, ni tuve miedo. Pensé en volver a revisarle la ropa para ver si encontraba algo para abrir la botella. No lo hice, demasiado frío, y ya era tarde.

Quien ande en pagos ajenos, debe andar manso y precavido, me dijo alguien desde el fondo de un árbol. Tenía la voz de la sombra que se había llevado al borracho. Le retruqué en seguida.

Ventajear al ventajero, no es pecado de infierno.

Y seguí caminando, sin apuro. Al llegar revisé en mis cosas y encontré un cuchillo viejo, sin filo. Lo usé para hundir el corcho. Me acosté en la cama, vestido como estaba, con la capucha puesta y todo. Me tomé la botella despacio, mientras miraba el techo.

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